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Concepcionistas Franciscanas de Burgos

 

Vacaciones con Dios” podía ser una buena frase que condujese a los creyentes en el Todopoderoso a preguntarse qué es lo que, al respecto de su relación con el Creador, llevan en su corazón. Si bien tenemos por cierto que Quien todo lo creó y mantiene nunca se olvida de nosotros, ¿podríamos decir lo mismo nosotros pero al contrario?

     Así, una persona que lleve una vida ordinaria y, cuando llegue el tiempo estival  o, simplemente, el de descanso laboral, tenga por normal acudir a algún lugar a pasar el tiempo que, merecidamente, tiene, es más que posible que en su equipaje ponga, por ejemplo,  las gafas de sol o si donde va a pasar el tiempo de descanso es a la montaña el equipaje que corresponda a tal fin. Eso es lo que es de esperar.

     Sin embargo, entra dentro de lo probable que la misma persona sea creyente y, además, sea católica. Entonces, incluso en tiempo de vacaciones y de descanso, la relación que mantiene con Dios no debería pasar por un, digamos, altibajo que es, más bien, bajo.

     En determinadas ocasiones solemos tener la tendencia de ser creyentes según nos conviene. Así, podemos olvidar que lo somos si lo políticamente correcto entra en juego y si el respeto humano hace demasiada mella en nosotros y nos preocupa más el qué dirán de nosotros si expresamos, allí donde estemos y donde vayamos, que somos creyentes y que Dios es importante para nosotros. Y esto, en tiempo de vacaciones, es altamente probable que pase.

     Es una creencia común que el tiempo de vacaciones está establecido para el descanso y el olvido de aquello que, durante el resto del año nos preocupa. Incluso aquello que creemos llevamos con más dificultad lo queremos olvidar aunque sea por un tiempo. Entonces entra en juego nuestra fe y si, en realidad, la tenemos.

     Tener fe no es, como es bien sabido en teoría, decir que se pertenece (porque se goza) a una determinada religión que, en nuestro caso es la católica ni hacer como si fuera sí pero siendo no que es, exactamente, lo contrario que tenía por bueno y benéfico nuestro Maestro Jesucristo. Tener fe, al contrario, ha de suponer, por eso mismo, tenerla y no prescindir de ella como si se tratase de un abrigo que dejamos colgado en la percha cuando volvemos a casa.

     Por eso no cabe, en nuestro caso, tener unas especie de vacaciones espirituales según las cuales olvidamos que somos hijos de Dios y, en fin, hacemos lo que nos place sin tener en cuenta la Ley de Dios que, se supone, tanto nos importa y tenemos por lo mejor que nos ha pasado. No deberíamos, por lo tanto, creer que el tiempo de vacaciones (sea el del verano o el que sea) es lo que no debe ser que vaya más allá del descanso físico pues no debería haber descanso espiritual alguno.

Seguramente, esta oración, “Plegaria para unas vacaciones cristianas”, nos puede venir más que bien:

“Señor Jesús, tú dijiste a tus discípulos

‘venid conmigo a un lugar apartado y descansad un poco’,

te pedimos por nuestras vacaciones.

El afán de cada día multiplica nuestra vida

de quehaceres, urgencias, agobios, prisas e impaciencias.

Necesitamos el reposo y sosiego.

Necesitamos la paz y el diálogo.

Necesitamos el encuentro y la ternura.

Necesitamos la oxigenación del cuerpo y del alma.

Necesitamos descansar. Necesitamos las vacaciones.

Bendice, Señor, nuestras vacaciones.

Haz que sean tiempo fecundo para la vida de familia,

para el encuentro con nosotros mismos y con los demás,

para la brisa suave de la amistad y del diálogo,

para el ejercicio físico que siempre rejuvenece,

para la lectura que siempre enriquece

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